LESBIANAS
federico rivero scarani
Voy hasta tu puerta
bajo la luna llena,
la calle mojada
Y un viento sur que vuela
hasta las luces
que no entienden nada.
Llevo el Otoño en mis manos
para obsequiártelo, mi Lady,
muchos colores, pasiones y gotas
en las caídas hojas
como ángeles do Céu.
Y recuerdo aquellas palabras:
“Me diste décadas de lágrimas
pero no quiero llevármelas al cielo”.
Voy hasta tu alma,
una Mansión en cuyas habitaciones
moran penumbras perfumadas
igual que en el césped el rocío;
y te fecundaré
una galaxia con soles de Esperanzas.
mientras un viento sur vuela
las luces que no entienden nada.
Il
Sé de la noche
sus recovecos, sus escaleras
hacia la luna.
Conozco a la bruma
que seduce a la noche,
sus caminos y atajos.
Sé de la noche así como sé de vos.
una mujer aullando
por amores frustrados,
tanteando las paredes nocturnas,
su humedad vaginal.
TI
Hay veces, repetidas,
que me olvido de sentirte.
Es una salvación
esa liberación propia
de arrancarse la ropa sucia.
Te voy dejando atrás
me voy limpiando de tus ojos
esos que empañaban
seductores,
tu cuerpo en aquellos momentos...
Sin embargo ahora te recuerdo
en un juego absurdo de pensamientos
que no deseo sentir ni pensar
así como no te deseo
crujiendo en mi alma
mordiendo en el corazón.
Hay veces, repetidas
que te digo adiós mirando
el cielo, sus nubes y el viento.
Un tiempo vendrá en el que serás sombra
de sombras, una ceniza mezclada
con arena, y el mar...,
que todo lo traga
te llevará lejos de mi piel.
IV
Antes que el Diablo sepa
que estás muerto,
te levantarás de tu sucio lecho
para conquistar las calles
y decirte a ti mismo:
que no tienes certezas en tu camino.
Y antes que el Diablo sepa
que estás muerto,
te bañarás de lluvia y de luna
bajo un cielo gris perpetuo,
y tu ciudad se pegará a tu piel
es el sello que te diferencia
de mí, de ella y de aquel.
No sobornarás a tu sombra
no callarás tu canción
no reptarás por las calles
romperás tu propia prisión.
Tú, Ángel desplazado de la diestra de Dios,
por querer elevarte sobre dioses y hombres,
ten piedad de nuestra triste miseria
que como mortales sucumbimos
a las leyes de un dios tirano.
Tú, Ángel más bello que mil mujeres,
nos diste la templanza para sobrellevar
encima de nuestras espaldas
las pruebas de Aquel que se dice omnipotente,
nos sublimas con tu dolor
que no será eterno ni injusto
porque te levantarás sobre naciones
e hipócritas que hacen de su prójimo
un títere de un circo negro.
Tú, Satán, Ángel igual a un dios,
Lucero que brilla en las noches de los enfermos
velaremos por nuestras desgracias
como el suicida lo hizo con su bala.
VI
Te conocí como si el Destino
tuviera un secreto
y vi tus ojos milenarios
quedando hechizado
nunca supe todos tus secretos,
joyas de un cofre antiguo,
sos misteriosa como una rosa
y cálida como el sol de otoño.
Un sutil amor renace
cuando te pienso
a pesar de tu distancia
y del abanico de sombras en el que te ocultás
si me dejaras amarte
sería igual al canto del pájaro matutino,
o de las olas que rugen
en la noche oscura.
una oportunidad te pido:
recorrerte el cuerpo y el alma
En un viaje único, trascendental.
vu
Foi há muito tempo atrás
parece que foi ontem
te vi parada baixo a chuva
e ouvi te dizer:
“Tentel amar mas foi um erro
quise viver mas náo serviu
fechei meus olhos e vi
sangue e rosas”.
Na Primavera há flores
outubro vem sem vocé
mas outro inverno haverá depois
virá e me cobrirá outra vez
sangue e roSas.
vIHI
Me encontrarás manso como un maldito
y te pediré:
Quítate el velo negro con el que cubriste mi alma
mi corazón sincero.
Eres una joven bruja
aprendiz oscura de males milenarios
tu vida será incierta
te lo profetizo;
y tus años pasarán
como pájaros que migran
y ya en tu madurez, Dulce Keydyn,
te encontrarás acorralada
en el laberinto de tu siniestro Destino.
¡Adiós, hasta siempre!
Nos veremos de nuevo
en el manicomio del Universo.
IX
Esta vez iré a tu casa abandonada por las arañas anónimas. Buscaré el terciopelo del
amor donde durmió el hada antigua. Encuentro tu sutién debajo de la puerta del zaguán,
y al instante apareces con tus pechos al aire, flores de jazmines perfumados; te deseo, te
confieso, y te burlas un rato de mí antes de besarnos. La casona se cubre por la tormenta
que se filtra por las ventanas, galáctica, hebefrénica; te sugiero acostarnos, pero te
niegas porque te masturbaste y al parecer ya no hay deseo en tu sexo. Igual insisto como
en una plegaria, y asumes al ritmo del trueno. Nos acostamos entre relámpagos; los
amantes no tienen relojes; comienza el rito de las caricias, los besos, las palabras
encendidas de pasión en la habitación de los siete juguetes quemados. Te amo con
violencia.
MALDITO MOMENTO
Me siento malditamente endemoniado
Por los aires acres de estos días venenosos
Mi corazón, dejó de latir, porque ladra igual al perro resentido.
¡MALDITAS SEAN ESTAS HORAS SUCIAS!
Busco soberbio el “Reloj de los Condenados”
Deseo saber en qué Tiempo raído vivo,
Si es que vivo...
¡SEAN CONDENADAS AL SUPLICIO Y AL FLAGELO
ESTAS HORAS SUCIAS!
No me interesa tu Amor, ni tu indulgencia,
¡Sos parte del Tiempo que me oprime los pulmones!
Andaré, ya que no te quiero...
Estar solo, solo, como un palo
como el último ángel que huyo del Cielo.
Adiós. Buena suerte para mí.
XI
“CUANDO HABLÓ LA SPHINGE”
Esto aconteció hace miles de años antes de las Sagradas Escrituras.
- ¡Oh, Anat! ¡Oh, Anshar! ¡Salvadores y guardianes de mi vida pasada, presente y
venidera! Así imploraba aquel peregrino del desierto con el rostro hacia el cielo para
luego bajarlo hasta colocar su frente contra la sedienta arena a la sombra de la
descomunal cabeza de la Gran Esfinge.
- ¡Hermes, protégenos de todo mal! ¡Perdona nuestras ofensas!
Así clamaban antiguas voces similar a un coro de todas las eras, y que parecían salir de
la ardiente arena.
-¡Excelso dios del Infinito, dador de la vida, gran dios del Desierto, del Valle del Nilo y
de la Eternidad!
Mientras, los hombres, con las harapientas, raídas y gastadas ropas que alguna vez
fueron blancas como sus ánimas, deambulan lentos por sus caminos al lado de sus
camellos resignados y azotados duramente por los áridos vientos del desierto.
La Gran Esfinge, impávida, serena, los ve alejarse y, suspirando, confiesa bajo el
ardiente sol:
-¡ Yo, la reina de estas regiones, fui la primera en revelar a los hombres el misterio de la
vida escondido en el maíz, en el trigo, y en el fuego antes que el titán Prometo se lo
cediera al hombre! Lo conocí cuando desafió a Zeus, y lamenté la eterna condena a la
que fue sentenciado. ¡Yo, que inspiré a la Vida, desde siempre, he visto desafiar a la
Muerte con arrogancia e ignorancia!
Sí, he de confesar que vi, escuché y sentí el tacto de millares de gente sufriente. ¡Fueron
(y son, y serán), tantos, desde la aurora de la Humanidad...! Así es, porque en mí están
grabadas sobre mis piedras la Historia, las Religiones y la Poesía de hombres de
supremo pensamiento, que, lamentable y paradójicamente, son hoy ánimas ignoradas.
Sin embargo, quedó en mis vidas el recuerdo, y en mí renació las diversas culturas
desaparecidas mucho antes de comenzar tu Sabiduría. ¡Oh tú, Siracides, el Sabio! ¡Tú,
que me escuchas en estos tiempos oscuros que no acabarán! Mi vista se pierde en la
distancia inmensa, hacia la Constelación de Taurus, entre el polvo de los siglos, de las
edades, de los milenios, de los cataclismos y en el vibrar del sol candente sobre el gran
desierto que fue Oasis.
He visto a tantos hombres dolidos, hambrientos de comida y de saber pasar cabizbajos
frente a mí, llevando su miseria, rogando plegarias a sus dioses protección y guía.
Y también he visto caminar a los profetas de largos cabellos, poetas de dulces palabras
como la miel, hombres con pensamientos profundos igual al eterno Cielo, gente de
verdades del Cielo y la Tierra. También he visto andar a millares de guerreros, con
estandartes de humo ensangrentado, criaturas arrogantes que jamás elevaron más que
tormentas oscuras de polvo y sangre en las que escondieron su vergiienza, su vileza, su
maldad...
Hombres, si así se les puede llamar, sin alma ni espíritu, con un corazón motivado por
ilusoria grandeza; hombres cargados iguales a bestias famélicas de carne. Sí, frente a mí
han pasado atlantes, sumerios, babilonios, hebreos, e intrépidos griegos y ya no sé ni
cuántas eximias y avasallantes culturas, razas y héroes. Muchos reyes y vasallos
buscando el camino que los condujo siempre hacia espejismos.
Atiéndeme, Siracides de Egipto, ya desde mucho antes de Troya se afirmaba que el
hombre temía al Tiempo, pero es el Tiempo quien le teme a las pirámides y a la Esfinge.
Y el Tiempo nos teme porque somos y seremos libros abiertos para aquellos elegidos
que nos sepan leer e interpretar; en nuestras páginas de piedra de luz está lo que Este
hizo de las humanidades que desaparecieron junto con sus deidades, vanidades y
quimeras.
Y llegando a nuevos tiempos (me resulta complejo a veces calcularlo...), deambularon a
tientas gematryas, astrónomos y hermeneutas, matemáticos y teólogos, y otros hombres
y mujeres sabios cuyas mentes se hicieron sombrías contra la roca porque
desentendieron a sus propios espíritus y como consecuencias de la confusio linguarum
de Babel.
- ¡Ay de ti, peregrino que pisas las arenas que fueron vergeles! He aquí parte de
esta historia del Egipto, que nació muchísimo después de que antiguas, desconocidas
manos me esculpieron en la viva roca pangeana de este sacro sitio, para servir, sacrificar
y fortalecer (así lo vio Ezequiel en su epifanía), como referencia a las edades pasadas
que retornarán, y como testigo para tu actualidad la cual está ya paulatinamente
desapareciendo. ¡Ayer, una catástrofe caída del cielo...! Y Mañana..., ¿cómo llamar a
ese fragmento del Tiempo? ¡Oh, tú, quien escribió el libro Eclesiástico, tú que me
escuchas atento y callado!, ¡endereza ahora, ya, tus caminadas porque tu porvenir se
cumplió!
- ¡Ay de ti, trashumante del hoy por el desierto, y mañana, quizás, por nuestro
cielo! Tú, que me has solicitado fresca sombra y que me ruegas protección, debes saber
que durante milenios he sentido el azote de los calientes vientos, los cuales refracté
hacia el Mare Nostrum, invadiendo a fenicios y griegos, a cretenses y romanos, como
mis adivinanzas...
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Te advertiré algo, caminante: deja de lado el sacrilegio de llevarte alguna piedra de mi
figura porque son signos que en algún momento de lo que ustedes llaman Historia serán
imprescindibles para leer la Única Verdad que tantos desearían conocer. Antes que tú
hubo un hombre que pretendió desafiar a su Destino, nuestros caminos se cruzaron y le
propuse un enigma. Él lo resolvió y casi muero aunque soy eterna. Cumplí mi palabra
haciéndolo rey, pero su caída fue tan dura que se quitó los ojos. ¿Para qué habría de
tenerlos si no miraba su condición? Tiresias se lo dijo, y el rey lo denigró. ¡Así son
todos los hombres: arrogantes y ciegas criaturas que deambulan entre sus propios
laberintos!
Fue durante los tiempos en el que el hombre adoró dioses de piedra y bronce, aunque no
eran ni mudos ni ciegos. Sin embargo, muchos llamaron idolatría, blasfemia y
superstición a esa reverencia, ellos se creyeron superiores, portadores de una verdad a
medias, y mataron en el nombre de su dios.
Pretendieron diferenciarse; pero te diré, Siracides, que tú escribiste en nombre de ese
dios, que si nosotros hechos de antiguas piedras sobrevivimos, te doy la certeza que los
dioses humanizados han perdurado menos ya que los he visto nacer y morir por los
milenios de los milenios.
- ¡Ay, de t1, que te detuviste ante mí, rastreando huellas y efímeras verdades para
saber el motivo por el cual viniste a esta vida! Escuchaste y atendiste mi mensaje nacido
de un tiempo en el que los hombres no habían sido creados, eran entelequias en las
mentes de los Universos.
- ¡Oh tú, Siracides, el Sabio! ¡Tú, que me escuchas en estos tiempos oscuros que
no acabarán! Mi vista se pierde en la distancia inmensa, entre el polvo de los siglos, de
las edades, de los milenios, de los cataclismos y en el vibrar Atiéndeme, Siracides de
Egipto, supongo que escuchaste, traídos por los vientos, las voces y el canto, los llantos
grabados de mujeres, niños y hombres que clamaron justicia en vano... En su dolor por
el paso de esta vida, dejaron templos del pasado y templos del Futuro, símbolos
abstrusos, Ichthys, constelaciones...
Ya anochece, seguramente te asustará observar mi silueta entre las sombras bajo un
cielo estrellado; te puedes retirar. Aguardaré hasta mañana cuando el nuevo sol ilumine
mi rostro perpetuo. Entonces, si es tu voluntad, seguiremos hablando, - aunque soy yo
quien habla-, y me place seguir discurriendo contigo, Siracides.
Recuerda que seguiré aquí como eterno testigo para continuar viendo a los hombres y a
las eras hasta la Eternidad, y hasta cuando llegue el día en el que todos seremos polvo
de estrellas (ese es nuestro origen). Mientras llega ese instante, aquí estaré para ayudarte
si me necesitas.
Reitero: no existe para mí el Tiempo. Sin embargo, para ti sí, porque desde el momento
de tu nacimiento ya comenzó tu muerte. Por ese motivo tu tiempo no es para
desperdiciarlo. Yo, la Sphinge, tengo la potestad de seguir viendo transcurrir los
tiempos nefastos aguardando con serenidad y templanza hasta que vengan otros loables.
No está en tu naturaleza hacer lo mismo porque tus huellas están contadas desde mucho
antes de que fueras pensado por tus padres. La luz y el ardor de esta landa amada te
estimulan y entusiasman, te seducen e inspiran.
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Vendrán helados días desde la penumbra y desde el rancio silencio del interior de
museos, laboratorios y bibliotecas que guardan fragmentos de lo Eterno, así como en el
tanteo por terrenos vedados para los infieles, en el devenir de opiniones y conjeturas
necias, viles, ofensivas propias de la condición humana. Para cuando todo esto
acontezca, tú deberás resistirlo porque te elegí, y necesitarás como nunca las fuerzas y la
calma de tu Sabiduría aun más en tu alma que en tu pasajero cuerpo.
Así habló aquella piedra madre de la Esfinge, y de pronto se abrió un camino largo y
bifurcado que conduce al Infinito sobre el suelo donde sus garras reposan. Y ante la
magnitud y profundidad de lo ignorado, el entusiasmo se fue transformando en miedo a
lo desconocido. El alma comenzó a temblar, mucho más de lo que pudiera hacerlo el
cuerpo.
Fue en ese momento de silencio denso, al comenzar la noche, cuando el misterio cubrió
aquella tierra de faraones y escribas, de sacerdotes y navegantes del mar y del
firmamento. Luego, a través de sucesiones de renovados albores, empezaron a
transcurrir, pausadas, las realidades objetivas, complejas de aprehender, como si
llegaran de unas dimensiones que nos negamos aceptar, muy a pesar de que vivimos en
alguna de ellas.
Y así, como la estatua afirmó, se sucedieron los años siguientes. Las investigaciones
fueron realizadas en el río Nilo, el cual supone que debió haber sido el principio de los
principios de la cultura de Egipto.
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